El PSOE
acaba de celebrar su congreso nacional y nos propone su particular cambio en el
modelo de sociedad. Muchos medios de comunicación afirman que con esto intentan
desviar la atención de la crisis económica que padece el país, pero lo cierto es
que los socialistas se han tirado al monte y van a por todas: pretenden imponer
el laicismo y legalizar el aborto libre y la eutanasia
activa.
Y frente a esta
radicalización del partido del gobierno nos encontramos con la preocupante y ya
habitual indefinición de un PP agotado que camina sin rumbo y no se pronuncia
sobre temas tan fundamentales como la libertad religiosa y el derecho a la vida
de los niños no nacidos, de los ancianos y de los enfermos
terminales.
Pero abortar es matar: es
preciso recordar a los ciudadanos españoles que no existe ese supuesto derecho
al aborto, que cuando se ‘interrumpe’ un embarazo lo que ocurre es una desgracia
tanto para el niño que es eliminado como para la madre que se ha visto abocada a
ello. Frente a las políticas negativas que legitiman el aborto es necesario
promover el apoyo integral a la mujer embarazada.
Otra de las medidas
estrella que proponen los socialistas para solucionar la crisis económica es la
eutanasia. Ya lo dice el refranero popular: “muerto el perro, se acabó la
rabia”. Optan por la solución más fácil y barata, eliminar lo que estorba. Ya
otro socialista utilizó democráticamente esta política en los campos de
exterminio: Adolf Hitler también llegó al poder ganando unas elecciones, su
partido era el Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, es decir, Partido Nacional Socialista
Alemán de los Trabajadores.
La experiencia vital de nuestros mayores, el amor a los enfermos
terminales, la entrega generosa en sus cuidados diarios… son ejemplos de algo
que los socialistas no respetan: la dignidad humana en cualquier etapa de la
vida. Habrá que explicarles qué son
los cuidados paliativos, cómo se ofrece cariño a los enfermos terminales, qué
significa darse a los demás por amor al prójimo…
Por último, el señor
Zapatero quiere imponernos el laicismo bajo la manida excusa de la
aconfesionalidad del estado. A este respecto habría que recordarle al hermano ZP
que el estado puede ser aconfesional, pero las personas no lo son. Cualquier
miembro del gobierno, cualquier ciudadano, todo hijo de vecino, todos confesamos
nuestras creencias, incluso aquellos que no creen y se confiesan ateos. La
libertad del individuo a elegir sus propias creencias no puede verse coartada
por las imposiciones de ningún gobernante, de
ninguno.
Raúl Sempere
Durá
www.dalevidaatuvoto.es