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"Una sociedad abortista se hace
inhóspita. Con el tiempo, reinará la tiranía y la arbitrariedad en todos los
ambientes. Es como una enfermedad infecciosa que se contagia", afirmó la
profesora de la Universidad de Navarra, Jutta Burggraf.
En cada aborto existen dos
atormentados; el chiquillo y la mamá por lo que, los que incitan a la
interrupción voluntaria del embarazo desde diversas áreas de la instrucción, de
la información o de la administración, todos son dañados porque, quién ejecuta
una vileza, padece un quebranto mayor que aquél que la padece; se devasta por
dentro y, en el fondo, se menosprecia.
En una colectividad en la que se
ejecutan, anualmente, más de cien mil abortos, es una humanidad con millones de
atormentados; con mortales cuchilladas en lo más recóndito de su ser.
Una importante poetisa, que ha
desfilado por la experiencia del malparto, matando a su propio hijo saltarín
dentro de sus entrañas, afirmó: "Veo a mi niño en los sueños. Después de este
acto sólo hay dos posibilidades; o te embruteces y sigues matando, o te
conviertes y luchas por la vida".
En el caso de la interrupción
voluntaria del embarazo, el desliz forzado asoma, habitualmente, con el síndrome
post aborto. El psiquiatra estadounidense Wilke suele concretar que: "Es más
fácil sacar al niño del útero de su madre, que de su pensamiento".
Desde el mismo instante de la
fertilización, otra persona humana está en el útero de la madre. Prevalece un
novel ser humano en el universo, que ha sido concebido para la inmortalidad. Del
tal forma que, cuando una joven arriba a un chiringuito abortista, se puede
afirmar que penetran dos mortales y que aflora uno; el más frágil e inerme se ha
mudado a un viaje sin retorno.
El aborto voluntario es
una verdadera esclavitud que origina mucha amargura tanto física
como psíquica y espiritual. Dios continuamente admite nuestro
arrepentimiento y nos empuja a mudar de vida. Su indulgencia produce una honda
conversión en nosotros; nos rescata de la ofuscación interior y cura las
llagas.
Urge implantar una nueva "cultura
de la vida", garantizar un nuevo estilo de vida. El Papa Benedicto XVI afirmó:
"Haber permitido el aborto no sólo no ha resuelto los
problemas que afligen a muchas mujeres o núcleos familiares, sino que ha abierto
una ulterior herida en la sociedad, ya gravada de profundos
sufrimientos".
CLEMENTE FERRER ROSELLÓ
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