Y
bien mirado, podemos decir que una madre tiene algo especial. Es algo que le
confiere una belleza peculiar y única. No se trata solamente de una cuestión
hormonal o física. Se trata de algo más profundo. La relación que se establece
entre una madre y sus hijos la transforma, y ese cambio, que es interior y
trasciende fuera, la embellece.
No
es difícil ver que las madres tienen un papel insustituible en la vida de sus
hijos. Escribía el Dr. Nagai, médico japonés que trabajó mucho tiempo en un
orfanato, que «nuestra infancia es feliz porque podemos llorar. Sabemos que si
lloramos nuestra madre vendrá y nos consolará. Una persona mayor no puede llorar
a gritos, sólo un niño que tiene madre puede hacerlo». Había observado que si un
huérfano llora, los demás se reían de él. Entonces éste aprende a la fuerza la
astucia de contener las lágrimas. Probablemente no haya peor mal para una
persona que sentirse solo y poco comprendido.
Además
de saber consolar a sus hijos, la madre también les ofrece algo impagable: una
sonrisa sincera. Trabajar o convivir con una persona que sonríe habitualmente
tiene un influjo en el resto de la gente, que se aprecia cuando esa persona se
marcha o se ausenta. Así, cualquiera que haya visto a una madre jugar y
divertirse con sus hijos habrá tenido un comprensible deseo de ser capaz de
mirar igual que ella. Los ojos de la madre revelan que algo se ha encendido por
dentro. Y esa sonrisa todavía es más preciosa cuanto más dependiente sea el
hijo. Es el caso, por ejemplo, de un bebé o de un hijo que sufra una
discapacidad.
¿Qué
le pasa a una mujer cuando corresponde al don de la maternidad? Le pasa lo más
grande que le puede ocurrir a una persona: aprende a querer con toda su
interioridad. Una madre vive para su hijo. Casi sería más preciso decir que se
desvive por él. Habrá días luminosos y otros días más nublados, o incluso con
tormentas; podrá haber bonanza económica o quizá se vivan momentos de recorte
presupuestario en casa. Pero toda madre sabe que es capaz de sonreír y de
consolar a su hijo, aunque las circunstancias no acompañen o se encuentre rota
por dentro. Es capaz de elevarse por encima de sus capacidades con tal de ayudar
a sus hijos. A partir de entonces, el bien de los hijos es fuente de alegría
para una madre.
Hoy
más que nunca esta relación puede aparecérsenos como difícil o utópica. Parece
que los valores actuales apuntan en otra dirección. Estamos acostumbrados a
medir la eficacia de nuestras acciones en función de nuestro interés o en
términos económicos. Quizá por eso a muchos la maternidad les parezca una carga
incomprensible. Y en cierto modo tienen razón. Porque la maternidad es un
misterio. A una madre se le ha confiado algo único: cada hijo es irrepetible y
portador de una esperanza. El vínculo que se genera lanza a los padres, y en
particular a la madre, a una aventura diaria con cada hijo. Y en un mundo como
el nuestro que busca seguridades y teme comprometerse, la madre generosa goza de
un gran atractivo por cuanto ha asumido el riesgo de la auténtica hazaña: la
entrega abnegada por el bien del otro.
La
relación de una madre con sus hijos llega muy hondo. Romano Guardini reflexionó
sobre este misterio: «¿Cómo ama la madre a su hijo? ¿Cómo nace ese amor? La
madre ama ya, por su disponibilidad para concebirlo, al que no existe todavía
pero se formará un día con su propia sangre. Más tarde, siente agitarse dentro
de sí algo viviente, y su amor crece a medida que se desarrolla ese cuerpo
distinto al suyo. Y ella, la madre, tiene conciencia de ese amor y cree en el
sentido y cumplimiento de la existencia de ese hijo. Y cuando éste nace y lo
mira en sus brazos, sus ojos se tornan capaces de una clarividencia más
profunda, pues su corazón ha hecho ya un largo aprendizaje en la escuela de la
paciencia y del amor».
La
maternidad embellece porque enriquece el corazón. Lo que hace grande a una
persona no es su sueldo o el poder que haya acumulado, sino su capacidad de
amor. El amor de una madre por su hijo poco tendrá de romántico y mucho de
sacrificado y desinteresado. El auténtico amor es el que lleva a entregarse y
desvivirse por el bien del otro. Toda madre lo sabe. Y todos —puesto que todos
somos hijos— las admiramos.
Tomás Baviera Puig