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La familia es el núcleo moral de la sociedad,
y no es extraño, por ello, que aparezca una y otra vez como la institución más
valorada por los españoles, según todas las encuestas. En el ámbito familiar
tienen su sede principal los afectos más profundos y la solidaridad que
dignifican la condición humana. Es lógico, por tanto, que las políticas
laicistas tengan como objetivo básico relativizar el significado de una
institución que mantiene por su propia naturaleza unos principios ajenos al
egoísmo individualista y a la confusión interesada de valores.
Pienso que la convocatoria del encuentro de finales de
año en defensa de la familia cristiana no iba dirigido contra nada, ni contra
nadie, sino a favor de una realidad multisecular que necesita ser reafirmada en
nuestro tiempo. Es notorio que la legislatura que ahora ha terminado haya estado
marcada por una doctrina laicista que ni siquiera comparten todos los sectores
de la izquierda. La ley del matrimonio homosexual y el llamado "divorcio
exprés", así como la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía, no
suponen -como pretende el presidente del Gobierno- la ampliación de supuestos
"derechos sociales", sino que ofrecen una versión ideológica de la vida que
rechazan sin rodeos muchos millones de ciudadanos. Las recientes investigaciones
sobre prácticas infames en materia de interrupción voluntaria del embarazo han
roto también el tabú sobre el aborto, en el marco de una nueva llamada a valorar
como merece el derecho a la vida desde su origen, indudablemente anterior al
nacimiento.
Jesús Domingo
Martínez |